Condenado a 20 de inhabilitación para realizar cine —tras un lustro de inactividad forzosa—, amén de los 6 de cárcel que ahora cumple, Jafar Panahi lleva a cabo en This Is Not A Film lo único que nadie puede arrebatarle: convertir sus sueños en películas con la imaginación.
La primera escena nos muestra a un hombre que inicia su desayuno en la mañana del día de Año Nuevo. Se trata de Jafar Panahi, el más grande cineasta iraní junto a Abbas Kiarostami, el más comprometido autor del Neorrealismo Persa. A sus 51 años ha firmado, entre 1995 y 2006, cinco importantes largometrajes: El globo blanco, El espejo, El círculo, Crimson Gold y Offside. Pero la preparación de una obra sobre las manifestaciones que en Teherán siguieron a la reelección del presidente Ahmadinejad, en junio de 2009, le valió caer definitivamente en desgracia, «por actuar contra la seguridad nacional y hacer propaganda contra el régimen».
Hace meses que, en arresto domiciliario, Panahi espera el veredicto del tribunal de apelación. En cualquier momento pueden venir a buscarlo para conducirle a prisión. Su abogada, Farideh Gheyrath, le comunica —vía telefónica— que la cárcel es inevitable; no habrá absolución, aunque las presiones internacionales podrían lograr una reducción de la pena. Lejos de exiliarse, Panahi ha optado por quedarse en su país, negándose a dejar en la estacada a todos los que, como él, luchan para que la vida cambie en Irán.

Tratando de burlar la tensa incertidumbre de la espera, el cineasta decide hacer aquello que mejor sabe hacer: rodar. Planta cara a sus censores con las únicas armas de que dispone: una pequeña cámara, su domicilio como decorado único y, a modo de programa estético, un diario íntimo en imágenes como testimonio de su condición de artista amordazado. No sólo se trata de enfrentarse a los atropellos de la tiranía, sino también de una especie de terapia contra la desesperación. Con objeto de no saltarse la prohibición de ejercer su profesión de realizador y guionista, le pide a Mojtaba Mirtahmasb, amigo y director de documentales, que venga a su casa. Entonces hace de su situación de arresto domiciliario una obra que, en efecto, no es un filme, en cuanto que dista mucho de lo que entendemos como tal en el sentido tradicional del término, en tanto que guarda pocos aspectos en común con lo que acostumbra a verse en las pantallas. Y no es un filme porque resulta ser bastante más que eso: Panahi alumbra una forma singular de cine para atestiguar su suerte, el destino deparado en Irán a los espíritus libres.
Ante la cámara digital de su colega, Jafar Panahi filma una carta abierta al mundo, bajo el formato de crónica de un día de su vida: toma el desayuno, habla por teléfono con abogados y amigos, desempeña las labores del hogar… una serie de banales sucesos cotidianos que, en su caso, suponen ritos vitales contra la depresión. Igualmente, revisa secuencias de algunas de sus películas mientras reflexiona acerca de ellas, se hace preguntas en torno al fílmico diario personal en curso y, sobre todo, habla de largometrajes que no pudo rodar, efectuando una lectura crítica de ciertos pasajes de sus guiones.

Puesto que a Panahi se le ha prohibido escribir y dirigir cine, pero no leer ni actuar frente a una cámara, decide metamorfosearse en intérprete-narrador del guión del último filme que iba a realizar y que, por causa de la censura, al final no hizo. Quizá leyéndolo y comentándolo —argumenta el cineasta— pueda crearse una imagen de él, y tal vez el espectador vea de alguna forma esa película no realizada.
Jafar Panahi se ve en la necesidad de contar y “mostrar” el largometraje imposible que tanto había deseado rodar. El relato de esa película nonata (otras fueron Regreso o Mar) nos introduce en un juego de espejos de temáticas cruzadas que reduplica la situación real de Panahi: se trata de la historia de una joven isfahaní a la que su familia, muy conservadora y de clase baja, enclaustra en casa durante el plazo de matrícula en la Universidad, para impedir el “escándalo” de que estudie Arte. A falta de decorados y de actores, Panahi traza con cinta adhesiva sobre la alfombra del salón un simulacro de la casa de Maryam, la heroína, dentro del cual un cojín hará de cama, una silla servirá de ventana, etcétera. Con entusiasmo, ensaya la interpretación y los movimientos de los actores, diseña la planificación, prefigura la puesta en escena, prevé algunos sonidos. Todo un desesperado intento de reconquistar la libertad artística arrebatada. La vida parece regresar, rejuvenecedora, mientras Jafar y Mojtaba discuten los detalles técnicos del filme. Contra el cine nada puede; ni siquiera el miedo, tampoco la opresión.

But… this is not a film. El cine sólo vive de verdad a través de la imagen y de su aliento vital interno. La modesta grabación y la voluntariosa dramaturgia doméstica, cuasi brechtiana, no le impiden saber en el fondo a Panahi que, por ahora, esa obra no filmada sólo existe como materia escrita. «Un filme no es nunca lo que se cuenta, sino lo que se hace». El maestro iraní nos señala, a través del visionado comentado de fragmentos de su propia filmografía, que una película no es solamente un guión. Un filme es mucho más que eso: se nutre de casualidades e imprevistos, como la rebelión de la niña protagonista de El espejo; bebe del talento no escrito de los actores (véase el destello de genio de Hossein Emadeddin en Crimson Gold); respira de lo que una localización puede insuflar a la puesta en escena, según ocurre con el claustrofóbico extracto del aeropuerto en El círculo; se alimenta a cada instante de la libertad de movimientos.
El significado último de This Is Not A Filme se encierra en una frase de Mojtaba Mirtahmasb, pronunciada en una de sus más hermosas secuencias, cuando Panahi lo graba a su vez con el teléfono móvil —el cual, a ojos de la ley iraní, no es una cámara. Mirtahmasb, que debe regresar ya a su casa, pues cae la noche, posa su cámara digital en la mesa de la cocina, pero la deja filmando sobre un paquete de tabaco como trípode improvisado. «Es importante que las cámaras permanezcan filmado», dice, expresando la necesidad de la mirada activa para los cineastas, para la libertad.
[Publicado en Culturas, suplemento de El Comercio y La Voz de Avilés - 12.11.2011]